lunes, 19 de abril de 2010

El riachuelo

Y a pesar de las promesas, mil días no bastaron para limpiarlo. El inenarrable hedor que nos despide de la Capital y nos brinda una olorosa bienvenida a la zona sur trasciende a los seres mortales, es lógico que María Julias y Mauricios no lograran librarnos de él; aquel celestial aroma está más allá de funcionarios públicos, de planes ambientales y de políticas sociales, forma parte de un simbólico legado generacional que nos dejaron nuestros ancestros, y que sabremos traspasar a nuestros hijos y nietos. El riachuelo es el corazón del alma porteña, retrato de un pedazo insoslayable de nuestro espíritu, el inevitable costado oscuro que toda entidad terrenal encierra, porque la pureza absoluta es una quimera sólo observada en cuentos de hadas y teorías religiosas.
Entonces, así como orgullosos exhibimos al mundo nuestros fastuosos edificios y palacios, los bohemios cafés y las arrabaleras milongas, por qué habremos de ocultar al viejo riachuelo, está ahí para recordarnos nuestras miserias como pueblo, los sombríos usos porteños, la corrupción, la desidia, la dejadez, el escaso compromiso y respeto al prójimo.
El riachuelo es la fétida marca que llevamos en la ciudad como fruto de nuestras peores costumbres, y con él aprendimos a convivir, con su nauseabundo hedor, sus contaminadas aguas y sus focos infecciosos, porque somos porteños irreverentes y nos llevamos al mundo por delante, y por eso tiramos la basura donde se nos canta, sacamos ventaja de lo que sea y como sea,  etcétera etcétera. Y como también somos desidiosos e indiferentes, nos acostumbramos a lidiar con los monstruos que creamos, en vez de hacer un esfuerzo para erradicarlos, por eso cargamos con el putrefacto riachuelo a cuestas como maloliente recordatorio de nuestras peores tradiciones.
Yo, por lo pronto, he descubierto un infalible método para tolerar  la fetidez acuciante cuando me toca cruzar el puente Alsina o Pueyrredón en el colectivo; pongo un tango en los auriculares y me dispongo a contemplar a la ciudad y su gente, e inevitablemente me conmueve la grandeza de Buenos Aires y un brioso orgullo porteño recorre mi cuerpo e inunda mi ser, y eso incluye, claro, todas nuestras miserias, intensamente palpables con aquel penetrante hedor de fondo.

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