viernes, 14 de mayo de 2010

Rock y estética

El rock es un torbellino vigoroso que penetra violentamente en nuestro ser con toda fuerza y energía, sacudiendo y conmoviendo cada uno de los poros del cuerpo. Es transmisión de vitalidad y brío, sobrecarga de emoción. El pogo que se genera en los recitales es, más que un rito, prácticamente una reacción natural ante la sobredosis de energía que absorbe el espíritu, y que necesita ser descargada por el físico porque de lo contrario se torna insoportable contener tanta fuerza acumulada en cuerpo y alma sin poder liberarla.
No obstante, toda esta magnífica potencia y regocijo que recibe el ánimo por parte del rock, no es absorbida sólo a través de los oídos. La música es captada por el sentido auditivo y sensibiliza el  sentimiento estético  correspondiente a éste, pero el rock no es sólo música. Y con esto no se pretende denotar romanticismos, arguyendo que sea “un sentimiento”, “un estilo de vida” o cosas por el estilo, sino que aludimos al cariz puramente sensorial. El rock está estrechamente vinculado con la imagen. Quien consume rock no está únicamente escuchando una determinada melodía; está también observando a un conjunto de músicos vestidos de tal o cual forma, a un cantante más o menos joven, bello, con el pelo así o asá; una tapa de disco, fotografías, video clips, presta atención a las letras. Es decir, el rock trasciende el plano de lo auditivo y moviliza otros niveles estéticos, principalmente el de la imagen y a la par, o tal vez en menor medida, lo poético. Esto potencia su capacidad de producir deleite, ya que cuantos mayores niveles estéticos moviliza una obra, aumenta su capacidad de emocionar y conmover, si todo se combina de un modo armonioso.
Una de las no muy abundantes premisas confiables que se han marcado en Estética, es que mientras mayor sea el número de relaciones que contiene lo bello, tanto mayor es su belleza. Así, una buena combinación de colores, es más bella que un solo color bonito. Un acorde, es más bello que una nota, y una melodía es más bella que un acorde.
Esta simple pero genial reflexión fue señalada por Diderot en su obra Investigaciones filosóficas sobre el origen y la naturaleza de lo bello, brevísimo trabajo sin embargo mucho más sustancioso y profundo que la extensa Teoría estética de Adorno (y, me tiento a señalar, que la Crítica del Juicio de Kant, pero esto levantaría mucha polémica), donde abunda la charlatanería artística y una erudición vanidosa pero escasea el pensamiento filosófico, como es habitual en autores y obras modernas que abordan la temática estética.
Las palabras textuales de Diderot en el párrafo que compete aquí son las siguientes: “Lo bello que resulta de la percepción de una sola relación, es generalmente menor que aquel que resulta de la percepción de numerosas relaciones. La contemplación de un bello rostro o de un bello cuadro impresionan más que la de un solo color; un cielo estrellado, más que un fondo de azul; un paisaje, más que un campo abierto; un edificio, más que un terreno liso, una pieza de música, más que un sonido”.
A esta atinada observación de Diderot añado lo siguiente: mientras más planos estéticos mueve una obra en nuestro espíritu, mayor es su poder de conmocionar.
Un cuadro o una escultura sólo sensibilizan una estética “visual”. Un poema, sólo una estética “poética”. Una melodía sin acompañamiento de imagen, sólo una estética “auditiva”. En cambio, una obra de teatro o una película por ejemplo tienen la capacidad de movilizar los tres niveles estéticos mencionados, tanto visual, como poético y auditivo. Por lo cual, según este punto de vista, una obra de teatro o una película tienen mayor poder de conmover al espíritu que un cuadro, una escultura, un poema o una melodía, ya que pueden combinar belleza visual, poética y auditiva, en contraposición con las otras obras mencionadas que sólo tienen la capacidad de afectar una sola esfera estética en nuestro espíritu. Y cuando una obra combina agraciadamente los tres niveles estéticos, la belleza surgida es superior que la de una obra bella que afecta un solo nivel, sea visual, auditivo o poético.

Si escucho una hermosa melodía en la radio, lógicamente esto me va a producir un goce artístico. Pero si esa canción la escucho en la TV acompañada de un bellísimo videoclip, el deleite producido es superior, porque está movilizando, además del “goce auditivo”, un “goce visual”, ausente al oírlo en la radio. Por eso destaco la relevancia de los videoclips (a veces subestimada en el ámbito del rock) para la trascendencia de una banda o de una canción, porque agrega otra capa estética a la obra –visual– que de ser bella al igual que la música, esta combinación de imagen y sonido agradables es más contundente que sólo el sonido agradable. ¡Cuántos temas han sido resaltados por sus videoclips! La canción Adiós de Gustavo Cerati es bellísima. Pero cuán superiormente conmovedor es captarla mediante su videoclip, una hermosa y algo melancólica historia narrada muy estéticamente y acompañada con destellos de la encantadora figura de Cerati. Además tiene el plus de que la letra es muy bella y se fusiona perfectamente con el video.
Tonight tonight de Smashing Pumpkins, The Universal de Blur, No surprises de Radiohead, a pesar de su simpleza. Muchas canciones han sido exaltadas en su belleza gracias a su videoclip, y uno casi que no puede rememorar las canciones sin que acuda a su mente aquél clip.

Otra esfera estética que puede contribuir a acrecentar la belleza de una canción es la poética. ¿O acaso alguien duda que las canciones de Sabina deben la principal cuota de belleza a su brillante talento con las palabras y su hermosa poesía? Está bien que esta faceta tal vez no sea la más desarrollada en el rock, pero muchas bandas añaden una pisca de beldad a sus obras con el poder y el sentido de sus letras.

Pero además, y no lo neguemos, tiene una incidencia importante la propia estética de los artistas, en un sentido puramente físico. La imagen personal del músico, su vestimenta, su rostro, su cuerpo, su actitud.
¿Nirvana transmitiría el mismo sentimiento nihilista que genera si Kurt Cobain en vez de ser un joven que andaba con el pelo largo, desprolijo y con la ropa gastada y descuidada, fuera un hombre mayor  con el pelo corto, engominado y anduviera trajeado? O el grupo pop Miranda, ¿generaría la misma sensación de frescura y brío si sus integrantes en vez de estar prolijamente vestidos, coloridos, glamorosos, peinaditos y depilados, anduvieran barbudos, con jeans rotos y alpargatas?
Hay que admitir que la imagen personal tiene una influencia importante en la captación de adeptos en el ámbito del rock y del pop, sobre todo teniendo en cuenta que es un negocio dirigido principalmente al público adolescente y joven. La pinta del cantante, su onda, su look, si la chica que toca el bajo es bella, etc.  
Ninguna quinceañera va a colgar en su habitación pósters de un viejo pelado y gordo, ni los adolescentes lo tomarán como un modelo a imitar. En parte, a esto se debe el inevitable y casi exclusivo lazo del rock con la juventud.
La senectud no vende entre el público adolescente-juvenil, entonces no es negocio para el rock. Otro factor que separa a la gente de edad avanzada de esta música es la cuestión de la energía que demanda el rock para tocarlo con propiedad y la que genera al oírlo. Las personas mayores no suelen estar a la altura de ese nivel de energía, entonces por lo general no lo tocan ni lo oyen, y si pasan a hacerlo puede llegar a presentarse un espectáculo grotesco. Salvo las contadas excepciones de gente que trasciende el factor edad y su cuerpo y espíritu siguen llenos de juventud y vitalidad más allá de los años (se me ocurre por ejemplo un Mick Jagger o un Steven Tyler).
Observamos entonces que la pinta y la imagen no son lo de menos. Por más en contra de esto que quiera ir una banda o un artista, rebelándose ante la imagen y la apariencia, esta postura, en definitiva, también termina siendo pura imagen y apariencia. Es lo que pasó con el grunge. La No Imagen, también es Imagen.

Vimos entonces los tres principales niveles estéticos que moviliza el rock para lograr conmover y atraer a la audiencia: la música, la imagen y la “poética” (que no necesariamente está relacionado con la poesía, sino con la profundidad de las letras, el mensaje que se transmite). Las bandas que han sabido explotar óptimamente estas tres facetas, son las que trascienden lo musical y llegan hasta a conformar grupos o movimientos sociales con una determinada cosmovisión del mundo. A mi juicio, los que han logrado esto dentro del rock han sido el punk y el grunge.
El heavy metal y el brit pop se han quedado en el nivel de  la música y la imagen (pelo largo, cuero y tachas unos, flequillo y ropa modernosa los otros), el rockanroll stone o “chabón” argentino también se ha quedado en ese nivel, determinado estándar musical y un look stone, zapatillas de lona y demás cuestiones, pero no pasa de ahí (a menos que alguien considere una cosmovisión del mundo el hecho de exaltar a la birrita y el faso).

El punk y el grunge han podido condensar una música, una imagen y un mensaje que reflejan el sentir de numerosos jóvenes alrededor del planeta. Cuando ocurre esto, cuando a través de estos tres factores un artista o una banda generan que sus emociones personales se reflejen en un sentimiento social, cuando logran que lo individual penetre profunda y conmovedoramente en lo universal, es cuando el rock trasciende las fronteras de la música y de la imagen y pasa a ser un intenso fenómeno social.

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