Conmueve a la sociedad el suicidio de ocho chicos en una sucesión de días en el pueblo salteño de Rosario de la Frontera.
Los adolescentes, que apenas superaban los 13 años, murieron todos ahorcados. Acaso más que el nudo de la soga, los haya matado otro nudo en la garganta; la angustia contenida, la incomprensión, un mundo adverso. Lágrimas por dentro.
Las autoridades y los medios ya barajaron las hipótesis más firmes para dilucidar esta misteriosa y trágica secuencia suicida. “Un juego macabro difundido por internet”, “Los adolescentes imitan a sus pares”, “Un instigador mayor de edad”, conjeturaron como siempre en un aligerado intento de catalogar y despersonalizar todas nuestras acciones, esquivando sin más el insondable laberinto que es cada uno de nosotros.
El suicida suele llevarse su secreto consigo. No siempre hay “indicios”, desengaños amorosos o problemas económicos como la policía y los medios anhelan simplificar. A veces simplemente puede no haber motivos, o más bien, motivación. Cada conciencia es un universo inescrutable.
La vida es un juego, la vida es una joda, nos repiten los modernos desde su lujosa comodidad con un aparente mensaje light de banalizarlo todo. Quizá para estos chicos la vida no era un juego, como sí lo es paradójicamente para los adultos cool de la metrópoli; o no pudieron jugarlo, no tuvieron los recursos para hacerlo. Para ellos el juego fue la muerte, y por lo menos una vez, se dieron el gusto de ganar.
Un mensaje fue claro. Todos se fueron con un nudo en el cuello.
Muy ciertas tus palabras. Y a la vez demasiado tristes.
ResponderEliminarmuy buena reflexión! duro, pero cierto.
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