lunes, 16 de agosto de 2010

Qué es un clásico

Algo fútil podría considerarse, tal vez, plantear esta cuestión, pues pareciera ser un asunto bastante claro y no requerir de demasiada elucidación. La Novena sinfonía de Beethoven es un clásico. El Puente de Claude Monet es un clásico. Hamlet de Shakespeare también. La naranja mecánica de Kubrick, otro.
Todos tenemos noción de los clásicos. Pero, ¿por qué lo son? ¿Qué tienen en común estas obras? ¿Cuál es su contenido distintivo y qué cosa las eleva a esa categoría?
Lo primero que puede acudir a nuestra mente es el factor tiempo. Un clásico pasa a ser tal cuando ya ha transcurrido un largo lapso desde su creación y aún se mantiene muy vigente en la sociedad. Clásico sería de este modo casi sinónimo de viejo, de antiguo. Desde luego que hay una relación, a una obra reciente no se la puede considerar, aún, un clásico, necesita someterse al paso del tiempo y las generaciones. Se puede suponer o deducir su trascendencia en el futuro, pero tan sólo se comprobará entonces.
Por un lado, ergo, tiene que ver con el transcurso de los años. Sin embargo, hacer hincapié en su antigüedad sería ahondar en el aspecto menos trascendental de una obra clásica. Lo esencial, lo estremecedor de un clásico no es precisamente cuánto tiempo ha transcurrido desde su aparición, sino la belleza  genuina que lo lleva a trascender siglos, lugares y modas.
¿Cómo logran esto? ¿Por qué algunas obras moran transitoriamente en los efímeros intervalos de las modas y otras perduran invariablemente en el agrado de las sociedades y las generaciones? Mi respuesta es simple: porque estas obras son más bellas. He aquí la hipótesis de la que partimos y que procuraremos sostener.

Dentro de los gustos artísticos y lo bello siempre hay un margen variable relacionado con la moda y las costumbres, pero existe, a su vez, una belleza esencial, sustancial, universal, que está más allá de eso, y que conmueve y conmoverá a la humanidad entera ahora y siempre, porque sensibiliza profundas fibras estéticas inmanentes del espíritu,  y esto tiene que ver, más que con usos y tradiciones, con la naturaleza humana.
Es extraño el “relativismo” extremo de algunos en estética, no es muy factible que en cuanto a gustos artísticos, absolutamente todo sea producto de la moda, de la época y del entorno social. Y los clásicos son una buena muestra de ello. Estas obras han alcanzado ese grado de belleza excelsa que cala hondo en el alma humana y logra emocionar universalmente.
Pero están quienes, en su afán “relativista”, son escépticos también de los clásicos.
Dos objeciones podrían señalarse quizás respecto a los clásicos y su carácter universal e inmortal.
En primer lugar, se puede argumentar que éstos no serían sino “modas” más duraderas que las otras. El hecho de que hayan perdurado sin interrupción hasta nuestros días es por una cuestión de costumbre, transmisión generacional y cierto “marketing”, pero son tan susceptibles de ser olvidadas en un futuro como cualquier otra creación.
Esta observación tiene algo de capciosa, porque nunca se sabrá exactamente lo que acontecerá en el futuro. Incluso las afirmaciones más elementales, como “el sol saldrá mañana”, remitiendo a David Hume, no dejan de ser hipótesis basadas en la costumbre y sin un sustento probatorio indiscutible. Entonces, desde luego que es imposible saber con absoluta certeza si en 500 años los clásicos seguirán agradando o ya habrán pasado al olvido o a un recuerdo grotesco de los gustos primitivos. Pero hay ciertos indicios. Si una obra tiene 1300 años y desde su creación nunca ha dejado de encantar y emocionar a las sociedades, mientras que miles de otras cosas han caído en desuso  y hoy parecen hasta ridículas, entonces podemos suponer que esa obra tiene un vínculo profundo con lo intrínsecamente humano que trasciende modas y costumbres temporales. Por lo tanto, es muy probable que esta obra conmocione a toda sociedad en toda época.  Naturalmente nunca lo podremos aseverar fehacientemente, como tampoco se puede asegurar con absoluta firmeza que siempre el calor dilatará a los metales, o que el hombre será mortal, ni ninguna otra afirmación a futuro. Pero, lógicamente, algunas aserciones son más plausibles que otras porque tienen una mayor contrastación en la que basarse.

La otra objeción posible es, puesto que en materia estética es todo cuestión de gustos particulares, pura subjetividad, entonces cómo se puede hablar de clásico, si hay gente a la que los así llamados clásicos no les produce ningún agrado, mientras que otras creaciones que no consideradas de ese modo sí lo hacen. La única diferencia entre los “clásicos” y los que no lo son sería pues la cantidad de gente a la que les complace unos y otros. Clásico, en este caso, vendría a ser sinónimo de popular o masivo.
Y, efectivamente, aunque tal vez genere discordia, sostengo que lo bello tiene un vínculo muy estrecho con lo masivo. La discusión de definir objetivamente lo bello es antigua y remitiría a hipótesis y conjeturas que aquí no estamos en condiciones de abordar. Considero los intentos de lúcidos filósofos por brindar una explicación objetiva de lo bello infructuosos (se han esgrimido argumentos como la armonía, la simetría, etc.). Lo estético es una sensación de agrado o desagrado que surge en el espíritu y que no se puede explicar positivistamente a partir del objeto. Entonces, ¿cómo definir concretamente que algo es bello y no simplemente que me gusta o no me gusta? No queda más remedio, estimo, para lograr universalizar de algún modo lo bello, que apelar como siempre a la insoslayable soberanía de las mayorías.
¿Por qué universalmente siempre los caballos han causado agrado y las ratas desagrado? Aquí no cabe mencionar costumbres o tradiciones, esto ha sido así en toda época y todo lugar, y seguramente lo seguirá siendo. Tampoco corre la explicación que han pretendido brindar algunos filósofos sobre lo bello, dado que una rata es tan simétrica, armoniosa y bien proporcionada como un caballo. Alguno podría señalar que la rata remite a suciedad y que su eventual presencia en nuestro hogar nos alteraría, y por eso la consideramos fea, pero más que un juicio estético tiene que ver con un motivo más bien utilitario, con lo que no concuerdo, pero de todas formas supongamos ese argumento válido, ¿por qué sentimos entonces agrado por el orden y la limpieza y desagrado por el desorden y la suciedad, agrado por el sosiego y desagrado por la alteración? Sería redundar en una espiral interminable sin otra salida que estrellarse con la arcana condición de la naturaleza humana.
Retomando el ejemplo anterior, dada esa contundente coincidencia de criterios podemos afirmar que el caballo es bello y la rata no, y esta es la única explicación al respecto, la confluencia abrumadora de gustos, no hay razones objetivas y empíricas para determinar tal cosa a partir de las figuras en sí. Ahora bien, tal vez haya personas a las que les agraden más las ratas que los caballos, pero ese gusto bien podría ser considerado como mórbido, o al menos anormal o raro, sencillamente porque no se amolda al de la categórica mayoría.
En arte, por consiguiente, podría esbozarse la misma pauta.  Los clásicos han causado agrado casi unánimemente en toda sociedad y en toda época, por ende son bellos y quienes  no concuerdan con este juicio tienen un gusto extraño y extravagante.
Pero surgiría un inconveniente. Si, según decimos, lo que determina lo bello es su rotunda masividad en el gusto de las personas, ¿qué sucede con algunos gustos artísticos que son populares y sin embargo la gente experimentada (considerando como tales a quienes han percibido mayores cantidades de obras en todas las ramas del arte o en alguna de ellas) juzga como desagradables? Serían obras cuya belleza, que probablemente la tengan, es en cierto punto dudosa y confusa, porque la opinión de los entendidos, cuando no está contaminada por fingimiento, caprichos y esnobismo, no tiene necesariamente mayor autoridad, pero sí goza de más argumentos porque está fundada en mayor experiencia, lo cual es casi consecuentemente sinónimo de sabiduría, aunque como señalamos en este caso el gusto no tiene vínculo con la razón. Ahora, tal discrepancia entre vulgo e ilustrados no existe con las obras clásicas, donde hay concordia entre masas y críticos en el agrado. Esa es la diferencia. Lo popular gusta a mucha gente, pero no a toda, y con frecuencia, no a los estudiosos de las artes. En tanto que el gusto por lo clásico es prácticamente unánime.
Estimo que a pesar de su osadía, no es posible refutar razonablemente, salvo con un nivel de ensañamiento y rivalidad, la anterior afirmación de que el grado de belleza de una obra lo determina la cantidad de individuos a la que agrada.
Pongamos un ejemplo para graficar. Si a uno se le ocurre sacar ruidos estruendosos con una cacerola y gritar desafinadamente incoherencias y grabar eso como una canción, o esbozar con una témpera  furiosamente y sin sentido unos mamarrachos al azar sobre una tela ¿qué forma objetiva hay de desacreditar la belleza de tales fragmentos, salvo que seguramente no le agradarán a nadie? Mas supongamos que a algunos pocos sí les agraden estos atronadores alborotos y esos espeluznantes mamarrachos, como seguramente ocurriría, su opinión es tan válida como la de cualquiera, no están transgrediendo una verdad contrastada, por ejemplo diciendo que la gravedad expulsa los objetos lejos de la Tierra, afirmación por la cual cabría señalárseles pertinentemente que según las evidencias hasta el momento están equivocados. Sencillamente alegan “a mí estos sonidos y esos garabatos me resultan agradables”, y no tenemos con qué argumentos objetar ello, salvo decir “a mí no me agradan, y a la mayoría tampoco”. Se hace evidente entonces que no se puede definir empíricamente lo bello, sino cotejarlo con la complacencia de las personas. Una obra es tan bella cuantos individuos gustan de ella. Por eso, es justo que cualquier obra tenga la chance de ser sometida al criterio de las masas, y sólo así podrá determinarse su grado de belleza (alto, medio o bajo, de acuerdo a la proporción de gente a la que agrade).

En lo que a gustos se refiere, como ya indicamos, hay un costado que tiene que ver con lo cultural, lo social y demás. A alguien le puede disgustar por ejemplo determinado género musical por lo que simboliza cultural o socialmente. Creo no obstante que es posible abstraerse de estos prejuicios y dejarse llevar por la obra en sí, aunque reconozco que no es sencillo y no siempre se logra. De todos modos, aún sin conseguir librarse de los preconceptos, los clásicos agradan a todos, sean del género que fuere y representen culturalmente lo que sea. Esto es precisamente lo que los distingue, trascender las barreras socio-culturales. Yo por ejemplo puedo tener ciertos prejuicios con respecto a la música melódica latina y lo que representa culturalmente. Admito, no obstante, que No podrás es una estupenda canción, helo ahí Cristian Castro ha creado una obra con chapa de clásico, ya que a pesar de mi animadversión respecto al género que me lleva a desaprobar la mayoría de las obras que se adscriben dentro de él, su belleza es tal que fulmina estos prejuicios culturales míos y logro percibirla. Muchos de quienes están por el contrario familiarizados con la onda latina podrían tener determinados preconceptos respecto del rock, y no creo sin embargo que ninguno de ellos pueda decir que Sweet child o mine no es una canción memorable. Hete aquí otro clásico que han logrado los Guns n´ Roses.

Es difícil hablar de clásicos aludiendo a artistas, creo que más bien correspondería emplear el término refiriéndose a obras. Salvo muy excepcionales casos en los que la totalidad o casi la totalidad de las creaciones de un artista hayan llegado al nivel de clásicos, por lo que mencionar a ese artista como clásico, equivaldría a aludir a toda su obra (podrían ser los Beatles, Shakespeare o Picasso por ejemplo).
Es cierto que hoy en día con la abrumadora diversidad de artistas y fuentes de expresión y transmisión que existen no todo puede llegar a hacerse conocido masivamente, por lo que sólo trasciende lo que se impone desde los monopolios comerciales, y que no necesariamente se ajusta a criterios estéticos. De todas formas, tal vez sea demasiado optimista pero considero que a la larga, lo que tiene un grado apreciable de belleza (es decir, la capacidad de agradar a muchas personas) de un modo u otro generalmente termina imponiéndose. Van Gogh no vendió en vida ni un solo cuadro, su arte era ignorado y menospreciado, pero finalmente, ya muerto él, el reconocimiento social a su obra llegó. Hoy sus cuadros se venden en millones de dólares.

Las modas pueden ser ocasionadas por diferentes motivos, por ejemplo, motorizadas por una figura pública con mucha llegada social. En su momento, la cantante irlandesa Sinead O´Connor había logrado un gran éxito musical y en ese entonces llevaba el cabello rapado. Aquel peinado se popularizó bastante entre mujeres de todo el mundo, pero la moda fue fugaz, por lo cual se puede deducir que no es un corte femenino demasiado bello, es posible que en algún momento resurja ese uso masivo, o que a algunas señoritas aisladas les siga agradando llevar así la cabellera. Pero en cambio, una clásica melena larga siempre ha sido empleada muy masivamente por las mujeres en todos los períodos históricos en todas las sociedades (salvo quizás en algunas tribus africanas), por lo que claramente, hasta aquí la cabellera larga es un peinado más bello en una mujer que el rapado. Y suena raro suponer que esto se pueda llegar a revertir.
Todo lo que no es clásico, podrá tener algún valor de belleza o no, pero se inscribe mayormente dentro del flujo de lo social, y estará sujeto por lo tanto a los vaivenes de la moda y los guetos culturales, generando su belleza controversias y desacuerdos, en contraste con las obras clásicas, que imprimen su ardor en lo más hondo y universal del espíritu humano, y placen unánimemente en cualquier tiempo y espacio.
Por todo esto es que afirmo sin temor a equivocarme que los clásicos poseen mayor belleza que las obras que no lo son. ¿Y qué es lo que establece que una creación artística sea clásica? ¿Acaso hay algún selecto grupo de iluminados que arbitrariamente decide este es un clásico y aquél otro no lo es? El único modo de determinar que una obra es clásica, insisto, es la satisfacción casi unánime que provoca en las personas de toda época y de todo lugar.

Finalmente, concluyo recordando al entrañable filósofo español Manuel García Morente, que culmina un ensayo sobre la estética kantiana con estas sensibles palabras:
“Sólo entonces, sólo cuando un artista ha creado algo que puede ser gozado y amado universalmente por los hombres, sólo cuando una obra, penetrando profundamente en lo particular, expresa lo profundamente humano, sólo entonces puede decirse que el tesoro de belleza de la humanidad se ha aumentado con otra forma inmortal. Y estas formas inmortales llámanse clásicas”.

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