Es conocida la presuntuosa expresión con la cual el Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, califica al proceso gubernamental que encabeza hace ya once años, o al menos hacia dónde procura dirigirlo: “socialismo del siglo XXI”, otrora “revolución bolivariana”.
A juzgar por lo observado hasta aquí, si algo se puede desentrañar del contenido que encierra este modelo, denominado por el mandatario con aquellos términos un tanto inciertos, son esencialmente tres características: nutrirse de petrodólares en su mayoría provenientes de Estados Unidos por la venta de barriles de crudo, generar antagonismo social y fustigar a medios que sean críticos del oficialismo.
A estos discutibles lineamientos, acaba de agregarse un rasgo hasta hoy no muy marcado; la represión a las protestas sociales.
Recientemente, la Policía Nacional Bolivariana reprimió brutalmente una manifestación de reclamo de usuarios por el mal servicio del Metro de Caracas. El abuso policial terminó con 33 detenidos, entre los que se encontraba una madre con su bebé de pecho en brazos. Fueron acusados de “terrorismo, asociación para delinquir y alteración del orden público”.
Que una simple proclama social sin connotaciones políticas, sino impulsada por el lógico enfado provocado por el mal funcionamiento de un servicio público haya sido dispersada con tal violencia y saña por parte de la fuerza policial, es un claro síntoma de criminalización de la protesta social, tan aborrecida por la izquierda, que en ciertos casos se muestra afín al chavismo.
Aunque el margen de influencia de un hombre en un gobierno es bastante atenuado, en los regímenes presidencialistas esta proporción es más marcada, imprimiendo el Jefe de Estado su propia impronta particular en el desenvolvimiento del gobierno. Y ciertos rasgos personales pesan más en nuestro carácter que la supuesta ideología que profesamos.
No hay que olvidar que Chávez, al igual que Fidel Castro, ante todo, es militar.
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