lunes, 30 de noviembre de 2009

La sana envidia a los artistas

Qué duro es, para quienes tenemos la sensibilidad de un artista, carecer del talento con el que ellos han sido bendecidos.
Esta iniquidad se pone de manifiesto con toda pujanza en los momentos álgidos del goce artístico, cuando nuestra piel se eriza o hasta se nos llega a escurrir alguna que otra insurgente lágrima de los ojos, ya que, superada la conmoción producida por la contemplación del hecho artístico, suele presentarse en ocasiones (y no sin razón) una suerte de “sana envidia”. No se trata de celos infantiles e irreflexivos que nos conducen al odio, sino de un legítimo y genuino deseo de estar en el lugar del otro, siendo el protagonista de la consumación del suceso creativo, avidez generada desde la admiración. ¿No es precisamente esta sana envidia la que provoca que casi indefectiblemente todos los niños y adolescentes del mundo sueñen con convertirse en músicos o artífices de la disciplina artística que los emociona? Además del amor por la música u otro arte, el anhelo de ser admirados de la misma forma que ellos veneran a sus ídolos. Si uno se interroga acerca del motivo de este sentimiento, la obvia respuesta es que tal ansia de protagonismo no puede emanar sino de la vanidad, aquel inconfeso motor de la mayoría de las acciones humanas.
Podría decirse que es sólo en este plano de afán de trascendencia donde el receptor queda equiparado al virtuoso, siendo este último el poseedor del talento, el haberlo cultivado y disponer de su genio creativo para desarrollar un arte y poner en juego su vanidad ante el público.
¿O acaso alguien sometería a tela de juicio que lo que moviliza a un artista es la vanidad?
El momento de la creación puede surgir del placer personal, del entusiasmo, del sentimiento, de inspiraciones y búsquedas interiores, o tal vez (cuando el arte pierde pureza expresiva y se convierte en mero oficio) de la obligación por cumplir con contratos y compromisos. Durante este proceso creativo puede no haber un ápice de vanidad en el espíritu del creador, sin embargo, en el instante mismo en que un artista decide exponer su obra en sociedad, el narcisismo se hace presente opacando cualquier otra motivación posible.
Si la admiración de los demás no fuera el verdadero propósito que persigue un artista, conservaría sus cuadros en el atelier, se limitaría a cantar en la bañera o cajonearía los papeles en los que dejó fluir sus sonetos. Detrás de todo artista se ¿esconde? un implacable deseo de ser amado y admirado. Bienvenido sea el narcisismo que los impulsa a compartir sus creaciones. Si el artista no tuviera una mínima cuota de vanidad en su ser, nos veríamos privados de experimentar esos lapsos de noble regocijo que proporciona la obra de arte, y ¿cabría imaginar la vida humana sin arte?
En este ejercicio de remarcar el sentido vital de las artes, por qué no destacar el papel de los que oficiamos de simples receptores en el hecho artístico. No todos tienen la sensibilidad de captar el sentimiento que el artista manifiesta o alcanzar el grado extático de goce que una obra es capaz de transmitir. Qué importantes que son para el arte los melómanos, los apasionados de las artes plásticas, los minuciosos lectores. ¿Qué sería de los artistas sin ellos? Del mismo modo que el público se nutre de la creación del artista, éste encuentra su razón de ser en el hecho de que haya gente que aprecia y valora su arte, y así se da una relación de retroalimentación. Y si bien las frases populares suelen ser simplificadoras e inacabadas, desde esta perspectiva se comprende que un artista realmente se debe a su público.
Incluso, la vivencia del arte desde la pasividad es más noble y generosa que desde un rol activo y protagónico, ya que no se ponen en juego motivos vanidosos, es puro goce desinteresado. Un artista cuando crea o expone su obra, tiene una finalidad particular: sobresalir, enamorar, etc. El que recibe no tiene ningún fin narcisista en su contemplación, se entrega dócilmente al encanto de la obra.
Pero hay que aceptar los hechos. A quienes sólo fuimos dotados de una sensibilidad vigorosa por el arte y no ecuánimemente del talento y genio creativos, no nos queda más que conformarnos en el universo artístico con cumplir nuestro pasivo rol de receptores y admirar a los artistas por transportarnos sensaciones mágicas y brindarnos momentos de deleite sublime.
Y tenerles una sana envidia.

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