miércoles, 2 de diciembre de 2009

Los políticos, artistas de TV

La abultada señora hace un dilatado silencio. Su cabellera blonda siempre bien cuidada, demandante de horas de peluquería, luce una tintura radiante. Los labios, con su color carmesí resaltado gracias a los pigmentos del lápiz labial, se estremecen y unas lágrimas se esfuerzan por emerger y ser vislumbradas por ojos ajenos, porque los propios de donde procuran brotar son conscientes de su hipocresía. La diputada electa en cuestión aparece acongojada ante las cámaras de TV cuando es interrogada acerca de los tiempos venideros, que para ella, por supuesto, una especie de sombría pitonisa, son muy difíciles. Luego, pasado el shock emotivo, prosigue con su espectáculo televisivo: mira para el costadito con soberbia, “¿Me siguen?”, interroga una y otra vez, cual consagrada académica revelando complejas teorías frente a un auditorio de jóvenes estudiantes.
Todo pasa por allí, por el más difamado de los electrodomésticos, conocido como TV. Ahí se define quién nos gobernará, qué candidato tendrá mejor imagen en las encuestas, quién merecerá la indiferencia, el odio o el clamor popular. De nada importan el pensamiento, los proyectos, las propuestas, los planes, la capacidad ni las ideas. O interesan en la medida en que sepan ser bien adornadas y sean un buen complemento para seducir a la audiencia. Esa es la necesidad de los políticos, cautivar a la teleplatea, al igual que un artista de televisión.
¿Qué porcentaje de la población se informa, lee los diarios, sigue con frecuencia e interés la vida política? Un número bajo, en general predominan la indiferencia, la apatía o la bronca. Entonces, la mejor vía que tienen los dirigentes políticos para llegar a las masas es a través de la TV. Seguramente esto explique en parte el sorpresivo triunfo de Francisco de Narváez en la provincia de Buenos Aires en las elecciones de junio. Un simpático imitador que hizo una divertida parodia suya en el programa de Marcelo Tinelli causó tanto furor que el verdadero De Narváez acabó mimetizándose con el humorista y tuvo que terminar copiando a quien lo imitaba a él. Hasta accedió a cantar y bailar a su lado en el estudio. Suena fuerte suponer que una elección pueda ser definida en un programa de humor, pero en gran medida así parece haber sido. Pero del mismo modo que en este caso llamativamente la sobreexposición televisiva y la frivolidad sumaron, también pudieron haber restado. Aparecer en televisión no es garantía de éxito, es el medio para ser conocido popularmente, pero según la personalidad, la calidez, el carisma de cada político, la exposición puede favorecer, generar indiferencia o perjudicar. Por eso personajes como la presidenta o la líder de la Coalición Cívica tienen una imagen negativa muy alta y generan tanto rechazo. No es, en general, debido a sus “ideas políticas”, sino por sus características personales. A poca gente le agradan los gritones, los soberbios, los prepotentes o las personas que se creen superiores (y menos cuando no hay ningún indicio de ello, puede haber cierta concesión cuando quien porta estos desagradables atributos realmente sea una figura eminente, que desde luego no es el caso).
Es esta mera imagen personal lo que determina finalmente la elección popular por tal o cual candidato. Y no pasa sólo en los sectores menos informados, en todo el mundo influye esta simpatía o antipatía particular que despierta el candidato como individuo, no como ideólogo o estadista. Y así optamos por uno o por otro de la misma manera que elegimos a tal o cual artista, nos gusta o desagrada éste o aquél personaje público.

En el universo “ideológico”, sólo hay tres posibles posiciones que quizás aún se puedan marcar con cierta objetividad: extrema izquierda (establecer un sistema económico socialista), centroizquierda o heterodoxia (capitalismo con intervención del Estado para regular) y centroderecha u ortodoxia (capitalismo regido exclusivamente por el mercado). Las tres posturas tienen magníficos teóricos (que no son precisamente los dirigentes políticos), y en realidad ninguna tiene el secreto de la prosperidad segura, hay que dejar las hipocresías y los fanatismos a un lado. La economía no es en su totalidad una ciencia exacta, es más bien una “ciencia” social, y como tal, tiene mucho de charlatanería y está sujeta a hipótesis debatibles.
¿Acaso vamos a creer que de los múltiples dirigentes políticos, uno es más inteligente que los demás y tiene el don sagrado para llevarnos por la senda del progreso? Por favor… En general, con matices y excepciones, poseen todos similares capacidades, suelen expresarse correctamente y tienen buenas intenciones (es difícil creer que un militante político, más allá de que sin dudas la mayoría de ellos persiga llenarse los bolsillos propios, realmente sea indiferente ante el desempleo, la pobreza y el hambre y no quisiera erradicarlos). Entonces, ¿por qué no trabajan todos mancomunadamente, con honestidad, humildad y desinterés particular, en vez de continuar con sus ridículas ambiciones y vanidades personales?
Debido a este vedetismo imperante en la política, se forman cientos de partidos políticos fundados en el mesianismo personal, oponiéndose acérrimamente los unos a los otros, también por cuestiones de narcisismo más que por ideales políticos o ideológicos, y de este modo la política se convierte en un gran torneo de fútbol, donde el que triunfa en las elecciones festeja desaforadamente como si hubiera ganado un partido, cuando en realidad se le ha conferido la responsabilidad de gobernar, y como tal se lo debe tomar con seriedad y prudencia, y no gritando y saltando infantilmente como si River hubiera salido campeón. Es un espectáculo lamentable el que se observa en cada jornada electoral, una superficialidad extrema.
Estamos en presencia de un tonto circo de vanidades carente de sentido, donde gana una elección el que genera más simpatía en la tele, que de todos modos sea quien sea lo mismo da, porque será un simple títere del sistema económico impuesto mundialmente y tan sólo podrá hacer lo posible por maquillar sus efectos.
Sigamos aguardando que en 2011 aparezca un iluminado mesías que nos salve con sus atributos especiales y votémoslo como presidente.
Difícilmente se modifique algo, pero seguiremos creyendo que la solución es cambiar de profeta.
Busquemos en la tele al más simpático.

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