Siglo y medio más tarde, el espíritu navideño continúa llegando a pobres y solitarios corazones como al de Ebenizer Scrooge en el clásico Un cuento de navidad de Charles Dickens. Hoy hablaré de uno de esos casos, modernos cuentos de navidad. Claro que aquí no hay tres fantasmas visitantes ni las tramas que embellecen a esa novela.
Y otra diferencia es que esta historia está narrada en primera persona.
Así es, confieso haber formado parte de aquellos oscuros seres que, no sólo ignoran la navidad, sino que la detestan. Todos esos zonzos festejando por motivos que la mayoría de ellos desconoce, y aquellos que dicen conocerlos, ignoran el sinsentido de los mismos.
Hace determinado lapso de tiempo, que los seres humanos denominamos “años” porque tenemos la necesidad de medir y clasificar las cosas por una cuestión de organización o lo que sea, y arbitrariamente elegimos empezar a contar hace 2010 cuando la vida y el universo existen hace millones de esa medida convencional de tiempo mencionada, nació un hombre al que la fe cristiana considera un mesías.
OK, SO WHAT? ¿Acaso debemos festejar por eso? ¿Hay algo para celebrar cuando tanto sufrimiento y dolor empañan este mundo? Por favor, yo no tengo nada que festejar, guárdense las sidras y los pandulces en su pan dulce. Me causan gracia con sus ridículos rituales y tradiciones sin sentido. Y así anduve por la vida veintitantos años, rebelde con causa tonta: anti-navidad.
Este año fui yo quien se encargó de armar el arbolito en casa, y el mismísimo 8 como la tradición manda, me pasé mi buen rato colocando las ramas de plástico, adornando y decorando el artificio de flora, y que nadie me vaya a cambiar una pelotita de lugar. Y aunque mi opinión respecto de las fiestas de navidad y fin de año en sí no se modificó demasiado (sigo considerando que son absurdas tradiciones), disfruto el clima festivo que se genera en el ambiente por estos días, el entorno de generosidad que infunde a todo ámbito donde uno se mueve, en el trabajo (los que tienen), por las calles, en los comercios y hasta en las oficinas públicas, uno observa arbolitos de navidad, sonrisas y buenos augurios por todas partes. Disfruto reunirme con toda mi familia alrededor de la mesa y seguir yendo a las 12 a mirar por el balcón los fuegos artificiales como cuando era niño. Me deleito con las ricas cenas, la abundancia de platos y de fiestas, me encanta que a donde uno vaya siempre haya turrón, maníes acaramelados, chocolate con almendras y pan dulce.
No, ya no me genera amargura, ni siquiera indiferencia la navidad, es una época que gozo y que espero todo el año, porque promueve sentimientos nobles y contextos hedonistas. Ahora los que me causan gracia son los que, como yo anteriormente, detestan las fiestas de fin de año y refunfuñan cada vez que nos aproximamos a estas fechas, como si ello fuese una especie de desdén irreverente o algo por el estilo. Y no son pocos.
¿Que es una ridícula costumbre, una absurda tradición sin sentido en la que se celebra el supuesto día de nacimiento de un carpintero profeta pero que en realidad la fecha simbólica está tomada de un antiguo rito pagano y que no tiene ningún significado ni sustancia?
OK, SO WHAT?
Hoy veo claramente que a quienes les genera amargura, insurrección o algo por el estilo la navidad, en realidad esos sentimientos negativos no tienen ninguna relación con alguna propiedad de la fiesta navideña, sino que son ellos los que llevan una profunda amargura dentro de su ser. Yo estoy intentando sacarla.
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