sábado, 5 de diciembre de 2009

La única verdad no es la realidad

Lejos de mi espíritu está el exasperar los ánimos de la ferviente militancia peronista al contradecir a su tan reverenciado General, siendo así blanco para recibir, sobre todo por parte de los más radicales entre ellos (valga la paradoja) y que la van de “progresistas”, el grotesco calificativo de “gorila”. Cuando pienso en esta clase de peronistas, se me ocurre un cincuentón fanático pero con aires intelectuales y gustoso de citar a Jauretche, una jocosa moda dentro de este grupo de personas, que orgullosamente aluden a “zonceras políticas” o “mediopelos” argentinos para descalificar argumentos o adversarios. El señor Jorge Coscia quizás podría ser el arquetipo de estos “peronistas progresistas”, aunque a decir verdad, si dirigimos la mirada hacia el actual gobierno y sus simpatizantes, hallaremos varios ejemplares de la misma calaña.
“La única verdad es la realidad”, señalaba Juan Domingo Perón. Y yo digo que es falso. Pero no se enardezcan, irascibles compañeros peronistas, nuestro propósito no es objetar al generalísimo sino desentrañar, y de ser necesario rebatir, frases populares. De hecho, este enunciado repetido tantas veces por el difunto militar argentino, en realidad fue acuñado dos mil trescientos años antes por uno de los más brillantes filósofos de todos los tiempos, quizás el más grande: Aristóteles. Y por eso es que esta sentencia tiene un dejo de razón y generalmente es tomada por cierta, hasta pareciera ser una evidencia tautológica. Aristóteles planteaba así su oposición al fantasioso “mundo inteligible de las ideas” desarrollado por su maestro Platón, iniciando de esta manera, o tal vez continuando, un clásico debate de la Filosofía: idealismo versus realismo, retomado más tarde por los empiristas ingleses en oposición a Descartes, y por los idealistas alemanes contra los empiristas. Muchos suponen que esta discusión ha sido zanjada con Kant, cosa que no comparto. Pero no abordaremos aquí esta legendaria dicotomía. Sólo examinaremos sucintamente el contenido de la citada frase en sí, ya que es constantemente empleada por políticos y vulgo cual verdad indiscutible, cuando ciertamente es una falacia. Veamos por qué.
La realidad es tangible, palpable, irrefutable. El hielo es frío, el fuego quema, el pasto es verde, el calor dilata los metales, la gravedad de la Tierra atrae los objetos. Todo esto indudablemente es así. En este sentido, podría decirse que la realidad es una verdad. Tan sólo el más extravagante de los idealismos pondría en tela de juicio estas cuestiones.
La realidad está aquí, presente, perceptible, y la podemos observar, analizar, estudiar, a ello se aboca la ciencia. Sin embargo existe un límite, hay un lugar a donde la ciencia, por más lejos que avance, no puede llegar, y convivimos todo el tiempo con este misterio insondable que está ahí, perturbando a las mentes más curiosas. Un enigma que se evade de las investigaciones científicas, de los telescopios, de los microscopios y hasta quizás de la lógica causal. El origen de todo, la Causa Primera, el principio que regula al universo. Allí es donde se topa la ciencia sin poder penetrar y entonces se conforma con su acotado mundo físico, es decir, la realidad. Ahora, suponer que ésta es La Verdad es una presunción simplificadora inadmisible, y mucho menos que sea la única, o más bien, toda la verdad. En todo caso sería una parte de ella, aunque ni siquiera podemos estar completamente seguros de que percibimos acabadamente su veracidad porque nuestro acceso al conocimiento de la realidad es relativo. Y aquí de paso desterramos otra creencia popular, de que la verdad es relativa, como frecuentemente citaba otro ex presidente peronista, pero más reciente y patagónico. La verdad no es relativa, es absoluta. Sucede que no podemos alcanzarla, únicamente logramos conocer de un modo relativo la realidad. La verdad, absoluta, es precisamente aquel sitio donde no puede llegar la ciencia, ni siquiera, según nuestra concepción escéptica/agnóstica, la mente humana. Claro que teólogos y metafísicos opinan lo contrario.
Precisamente por tal insuficiencia científica es que hay Filosofía y filósofos. Están quienes no se conforman con esta realidad relativa captada por la ciencia y tienen la osadía de ir más allá, embarcarse en busca de la Verdad, vulnerar la barrera que demarca los límites de la ciencia y acceder a ese conocimiento absoluto que se nos escapa. Desde luego que para ello no se utilizarán los métodos científicos, es decir, la observación, experimentación, etc., sino que se deberá emplear el razonamiento, la meditación, el conjeturar y avanzar lógicamente en el pensamiento. Esto es filosofía. ¿Tiene sentido? ¿Es útil? ¿Si gnoseológicamente el hombre está incapacitado de acceder a esta verdad absoluta, qué objeto tiene buscarla, aunque de ello se deriven magistrales pensamientos y teorías, pero con un inexorable destino de hipótesis incontrastables? Es vano discutir su utilidad o no, porque la Filosofía es inevitable. La curiosidad humana lo es, y por ende nunca se detendrá en su afán de conocer, por más lejano e inaccesible que ese conocimiento aparezca, por eso, siempre que haya humanidad las mentes se entregarán a la reflexión filosófica, aunque quizás poco provecho se pueda sacar de ello.
La ciencia es conocimiento de de la realidad. La filosofía es conocimiento (o al menos intento de conocimiento) del Universo todo, de todo cuanto hay, de la Verdad, de lo absoluto, se sumerge en el desentrañamiento de lo misterioso y desconocido que rige al universo, de lo cual la realidad es sólo una representación, es decir que es una verdad secundaria. La filosofía busca la verdad fundamental y primaria de la cual se deriva esta mundana realidad que estudia la ciencia. Y aunque sus logros y alcances tal vez sean incomparables, la empresa de la filosofía es mucho más trascendental y osada que la de la ciencia. Por otro lado, toda ciencia necesita un basamento filosófico, principios elementales inobjetables sobre los que fundarse, que parten de supuestos que no pueden ser inspeccionados desde esa ciencia particular misma sino filosóficamente. La biología, que estudia a los seres vivos, aborda satisfactoriamente su objeto de investigación porque son entes puramente materiales. Pero el estudio de los seres vivos no es significativo sin una comprensión abarcadora del fenómeno de la vida, y esto no puede ser explicado por esa ciencia, es necesario recurrir a una perspectiva filosófica. Por esto es que ha habido controversias en el ámbito biológico entre mecanicistas y vitalistas. Cuanto más nos elevamos en los fundamentos de una determinada ciencia, más evidente se hace la necesidad de un abordaje filosófico.
No estamos pretendiendo exaltar exageradamente a la filosofía, desde luego, sencillamente procuramos encuadrarla dentro de su legítimo valor para que tampoco caiga bajo un caprichoso desdén científico.
Retomando la cuestión de la frase aristotélica popularizada por Perón, hemos intentado refutarla y mostrar que la única verdad no es la realidad. La realidad es la parte que el ser humano puede llegar a conocer, y cada vez con más exhaustividad gracias al constante progreso científico. Pero tras ella se esconde una arcana y sublime verdad, que únicamente quienes se entregan a las sutilezas y refinamientos de la meditación filosófica (o más bien metafísica) pueden llegar tan sólo a deducir, imaginar o suponer, pero nunca conocer.

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