La vida humana inevitablemente manifiesta dos costados, uno “cómico”, si se quiere, o más bien “alegre”, y otro irremediablemente trágico. Nadie queda exento de este fenómeno, de esta ambigüedad que encierra la vida misma. No hay persona que pueda huir de la faceta trágica de la existencia, pero tampoco de su lado jubiloso, ya que ambos son aspectos inmanentes de su condición. Uno, el jovial, se manifiesta a través de la juventud, los placeres hedonistas, el goce artístico, lo bello, el humor. El otro, el fatídico, es ostensible mediante la muerte, el envejecimiento, el dolor, las injusticias. Estos sucesos afectan a la totalidad de las vidas humanas. Todos fuimos jóvenes e inexorablemente nos pondremos viejos, todos moriremos y sufriremos la muerte de seres queridos, padecemos las injusticias propias y las que nos rodean, somos exaltados por el extraordinario deleite en que nos sumen las bellas artes y sufrimos por amor. Nadie escapa de sobrellevar estos males ni de gozar esos placeres. Las circunstancias fortuitas pueden llevar a que uno padezca más pesares que disfrutes y otro a la inversa, pero es imposible que uno de los dos aspectos esté ausente en la vida de alguien.
Puesto entonces que todos ineluctablemente atravesaremos en la vida tanto por situaciones trágicas como placenteras, deberíamos procurar intensificar en la medida de lo posible, y en tanto esté en nuestras manos, las segundas. El arte y el hedonismo son un buen refugio para el intento de felicidad, ya que podemos incrementar su vivencia de acuerdo a nuestro deseo. Por el contrario, las circunstancias trágicas generalmente escapan a nuestra voluntad. La muerte, el envejecimiento, un amor no correspondido, no son cosas que podamos manejar.
Pero además de esto está la personalidad de cada uno (alegre o melancólica), que opaca con su naturaleza las circunstancias ocasionales que lo afectan.
Por más moral hedonista que cultive alguien con naturaleza depresiva, el costado trágico de la vida siempre prevalecerá y pesará más en su espíritu melancólico.
Es, creo, como citaba Ortega y Gasset a un pensador cuyo nombre no recuerdo (y la cita no es textual), que "la vida es un valle de lágrimas es científicamente demostrable: es empírico; es trascendental, y se verifica con la repetición". Excelentes sus comentarios. Felicitaciones.
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