Hay reconocidos personajes inmersos dentro de nuestro ser, personificándose constantemente en nosotros, aunque sea de manera menos original y genial.
Seamos honestos: a quién no le ha sucedido el sentir una profunda conexión, y por qué no identificación, con alguna figura histórica, un escritor, un pensador o un artista, lo cual nos lleva a tomarlos como modelos, en ocasiones obrando de algún modo como lo hacen o lo harían ellos (es decir, en otras palabras menos indulgentes, tratando de imitarlos). Sospecho que a nadie, aunque probablemente nuestra modestia u orgullo pueda llegar a dificultarnos el reconocerlo públicamente.
A mí me ocurre, y me da cierto pudor admitirlo, con el filósofo escocés David Hume y con el inefable Johnny Rotten, cantante de los Sex Pistols. Ejem.
Quienes tengan alguna noción básica de Filosofía, se habrán dado cuenta que el título de este blog es una suerte de "guiño" a la gnoseología de Hume. Podría decir que gracias a él nació mi aficionado interés por la filosofía, o al menos, si no fue el encargado de encender una pequeña llama filosófica en mi ser, logró mantenerla prendida, añadiendo además bastante leña y avivando el moderado fuego que mi escasa lucidez es capaz de producir. En mi post adolescencia tomé de la colección Historia del Pensamiento Salvat que hay en mi casa (agradezco al cielo por esa compilación) el Tratado de la naturaleza humana, obra de tres tomos en donde básicamente desarrolla su sistema filosófico. Qué decir, el leerlo francamente fue como un sacudón de conciencia, abrir los ojos de par en par ante la realidad. Era como si estuviera enunciando cosas tan claras y evidentes que sentía que me estaba robando las ideas, aunque lo que en verdad ocurría era que me daba vergüenza no haberlas pensado antes.
Tiene una hondura de pensamiento deslumbrante, llegando en los temas sobre los que meditaba hasta las últimas consecuencias, aunque en su época ello le valiera castigos y acusaciones religiosas. Exploraba cada preocupación intelectual tomando todos los caminos posibles, desechando, tras haberlos recorrido y analizado, carriles, aunque muy transitados y aceptados, falaces, siguiendo siempre por la senda segura, fiable y tangible, tan lejos hasta donde fuera posible llegar, cuando se corta la senda y se hace presente el infranqueable y arcano misterio, sólo accesible mediante aquellos otros ilusorios carriles que él ya había descartado.
Estoy totalmente convencido de que Hume tiene la última palabra de toda discusión filosófica, aunque esto vaya contra lo que se suele afirmar en los “ámbitos académicos”.
Claro que sentirme “identificado” con él no significa de ninguna manera ponerme a su nivel ni nada por el estilo, en absoluto, no estoy taaan perturbado. Es una devoción desde el encanto, admirando y suscribiendo cada concepto suyo, situación reafirmada ante todo texto de él que leo.
Hume es el ideal de perfección de mi parte racional, aunque esté a años luz de distancia.
Irreverente, soberbio, cínico. Johnny Rotten transmitía un desprecio cuando cantaba que era fascinante. Desde las letras, la actitud, los gestos, los Sex Pistols encarnaban a la perfección todo lo que sentía por la vida y la sociedad, personificado encantadoramente en la figura de Johnny Rotten. ¿Cómo no volverse, entonces, desquiciadamente fanático? Ese tipo era el que le estaba diciendo al mundo entero todo lo que vos tenías ganas de gritar pero no podías, haciéndolo además mediante geniales canciones, en las que letra y sonido se fusionan como ninguna otra, conformando un todo explosivo rematado con la desgarradora voz de Rotten.
Ser “nihilista” o “punk” no fue consecuencia de oír a los Sex Pistols sino al revés, verme absolutamente reflejado en ellos me hizo ser su seguidor.
Claro que cualquiera que vea a John Lydon (su verdadero nombre) hoy, notará que difícilmente pueda llegar a representar esa rebeldía e irreverencia insolente. Esto nos recuerda que aquella actitud suele estar vinculada con una etapa de la vida. Como muestra de ello nada mejor que aquel nefasto regreso de los Sex Pistols allá por 1996. Verlos viejos y gordos cantando “No future” generaba más una sensación de compasión que otra cosa. Para que John Lydon fuera eternamente Johnny Rotten, debería haber corrido la misma suerte que Sid Vicious.
No se puede ser un sex pistol toda la vida.
Estoy transitando mis días punks ya casi con nostalgia, aguardando que el inexorable paso del tiempo me convierta en un serio y centrado jefe de hogar o en un grotesco viejo panzón cantando “No future”.
O quizá, en Sid Vicious.


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