lunes, 26 de abril de 2010

Tiempo

Misteriosa y siniestra entelequia, extrínseca a toda reflexión racional.
Nebulosa e ilógica nada, poseedora sin embargo de la funesta gracia de devastarlo todo.
No cura, en vano se le adjudican poderes sanadores. Es la enfermedad misma.
Va opacando con su abstracto e incierto contenido, incomprendido hasta por la madre Filosofía, el tenue encanto de lo fugaz y lo efímero. Contamina en su inquebrantable persistencia la pureza emotiva  y sincera del instante, convirtiéndolo en memoria visual, en documento tangible, en materia de análisis, en una intrascendente y ridícula pantomima.
Poca cosa trae el tiempo más que hastío y cinismo. Cansancio, desgaste, vejez. Una fría e inútil conformidad con lo transcurrido: insensibilidad por nuestras culpas; tonta y nostálgica suficiencia por nuestros aciertos.
Aquello que denominamos experiencia, rencorosa sabiduría, señal de que nuestro momento ha pasado.
El poder corrosivo del tiempo es tan demoledor, que hasta al más intenso y fogoso sentimiento manado febrilmente como un incontenible hálito de pasión desde lo profundo de  nuestro espíritu, tiene el don de asfixiar con apenas algunas escasas dosis de su incierta pero irrevocable sustancia, reduciéndolo a imperceptibles vestigios, y a las sublimes creaciones del tesoro artístico humano es capaz de hurtarles parte de su infinita belleza, a fuerza de repetición vivencial.  Los sucesos más jolgoriosos y los más lúgubres son uniformados por obra y gracia del tiempo en una opacidad grisácea y apática, insensible.
Arrasa sin clemencia todo lo que encuentra por su camino; inconmensurable avenida de la cual ni el universo se aparta.
Deja su huella en la frente, nos arruga el rostro y las manos, apaga el brillo de nuestros ojos, desfallece al frágil cuerpo. Marchita las desamparadas flores y extingue la cándida existencia de los animales.

Muy pocas cosas son capaces de sortear a este devastador fenómeno del tiempo y subsistir, al menos en ocasiones, en la vida de uno mismo. Tan sólo, se me ocurre, la misericordia, la generosidad,  la ternura, la nobleza. El afecto y la comprensión a nuestros padres, hijos y hermanos. Acaso, algún amigo. 

2 comentarios:

  1. Arrancó con un final positivo... hasta el "casi nunca un amor". Creo que existen casos de amores que perduran en el tiempo (Romeo y Julieta, mis padres...). Para el vino, el tiempo es un aliado.
    Muy buen blog, mis felicitaciones!

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  2. Escribís muy lindo y tenés una gran sensibilidad pero ¡que mirada pesimista!¡Te parece poco la misericordia, generosidad,nobleza ? y olvidaste solidaridad, heroísmo y tantas otras virtudes que tenemos los seres humanos. Quizás por ser tan joven no sabés que el amor se transforma y si bien la pasión no perdura, el afecto, el mutuo conocimiento que trae una maravillosa complicidad, y las ganas de complacer y complacerse en el otro nos nutren y hacen ver la vida con alegría y sentirnos felices de estar juntos.

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