viernes, 8 de enero de 2010

Supermercado Chino

Todos tenemos uno enfrente, cuenta aquel moderno mito urbano que cada vez se asemeja más a un dato estadístico inobjetable.
Mañana, tarde y noche, siempre el mismo rostro, impávido e inexpresivo, rectilínea mirada glacial, bruscos ademanes, infatigable cuerpo, al que ociosos feriados y domingos le rehúyen casi sistemáticamente.
Buenos días, buenas noches, buenas tardes, ignorados. A lo sumo, musitados.
Nosotros, porteños arrogantes, los ponemos a todos en la misma bolsa (aunque si hablamos literalmente, ellos también ponen todo en la misma bolsa), pero qué diferentes son, en realidad, de sus malqueridos y tintoreros primos hermanos.
Arriba está su vida, abajo su trabajo. Del lejano e inmenso oriente a nuestras extensas pampas, de estas vastas tierras sólo pisarán las dos plantas del galpón adonde viven y trabajan.
No cabe mencionar la palabra mafia, sería una patraña. Los barcos no los traen de Sicilia, ni de Calabria. Si cabezas han rodado, siempre fueron con ojos alineados.
Ya los hay de tercera generación, marcaron con su sello la ciudad. Ahora son tan porteños como el obelisco o Gardel (acaso la disputa sobre su lugar de nacimiento le quita lo porteño a Gardel). Sin sus negocios, Buenos Aires sería como Nueva Orleans sin gospel. O quizá como Nueva York sin la torres.
Recorro los oscuros pasillos buscando en las góndolas comprar un poco de felicidad, que cada vez está más cara. Un pan dulce y una sidra para navidad, un turrón para acompañar, algo de pan, un kilo de papas para hacer un puré. En la calle, el minicooper de Flor de la V.
Aunque pagué con 100, siempre tienen vuelto, debo reconocerlo. Si les falta una moneda, buenos son los caramelos.
Salgo del supermercado chino.

2 comentarios:

  1. Una nota excelente. Literatura pura.

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  2. Coincido! Felicitaciones Alex, un blog excelente, como hace mucho tiempo no se ve!!!

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